A veces, tan solo a veces, encontramos tiempo para pensar en medio de un mundo cargado de trabajo cuyo único fin es conseguir un rédito directo, sin ser capaces de sustituir el ajetreo diario por un momento de reflexión. Es en ese momento cuando nos planteamos preguntas un tanto abstractas, ambiguas, retóricas, inútiles, ¿o no?
El pragmatismo se apodera del disfrute personal en nuestros días: nos limitamos a realizar todo aquello que proporciona una remuneración directa. Hasta hace poco, no había tenido tiempo de pausar las tareas “útiles” y adentrarme en el mundo del conocer por placer hasta que apareció La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine, un libro formado por las lecturas recogidas por su autor durante toda una vida dedicada al saber que almacenan los tesoros más preciados, pero menos buscados: los libros.
UNA SOCIEDAD UTILITARISTA ACOSTUMBRADA A LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA
La utilidad de los saberes inútiles es fundamental para contrarrestar la tendencia de la mentalidad moderna, en la que el poder de agentes poderosos nos convierte en esclavos, en máquinas de fabricar beneficios tangibles. Stefano Rodotá, en su ensayo sobre el “derecho a tener derechos”, nos haba de una realidad presente, en la que transformamos a los hombres en mercancía y dinero, lo que ha dado vida a “un monstruo sin patria y sin piedad”[1]. Rodotá nos lleva a pensar en un concepto que parece olvidado en los medios de comunicación (ya que, en ocasiones, son un instrumento de control más): la servidumbre voluntaria.
Étienne de la Boétie, en su discurso de 1548, decía que “al modo que al hombre se le hace natural todo aquello que adquiere con la educación y la costumbre, también el primer impulso de la servidumbre voluntaria es constantemente un efecto del hábito que contrae la niñez”[2]. De la Boétie consideraba que el hombre tiene dos opciones: liberarse o servir. Sin embargo, estamos acostumbrados a obedecer al poder sin cuestionar los abusos, por lo que nos convertimos en esclavos motu proprio. Y “un país donde no se comprende el arte es un país de esclavos o de robots, un país de gente desdichada, de gente que no ríe ni sonríe…y donde no hay rosa, hay cólera y odio”[3]. Nos convertimos en autómatas preocupadas por acumular bienes materiales, nunca intelectuales.
La servidumbre voluntaria surgió como término en el siglo XVI, momento en el que el poder de las monarquías era primordial junto con el de la institución eclesiástica, cuya presencia física (que no simbólica) ante el pueblo era inexistente para mantener su soberanía “sabiendo que trataban con unos pueblos tan ignorantes y estúpidos que, por mal que se les tendiera el cebo, caían en él, siendo más fácilmente engañado”[4]. Desafortunadamente, la masa sigue mordiendo el anzuelo, una y otra vez.
Michael Foucault es el encargado de darle la vuelta al concepto de la Boétie con su postura sobre la “inservidumbre voluntaria”:
La crítica es el movimiento por el cual el sujeto se atribuye el derecho de interrogar a la verdad acerca de sus efectos de poder, y al poder acerca de sus discursos de verdad; pues bien, la crítica será el arte de la inservidumbre voluntaria, el de la indocilidad reflexiva. La crítica tendría esencialmente por función la de sujeción en el juego de lo que se podrá denominar, con una palabra, la política de la verdad[5]
La crítica, el escepticismo, la duda y el cuestionamiento continuo… Estos elementos son la base para conseguir la libertad del ser humano. Pero estas claves no se aprenden en una empresa ni en los libros de autoayuda que alcanzan el top 10 en las ventas de librerías y centros comerciales, sino en los “saberes inútiles”. No nos garantizarán el éxito en una entrevista de trabajo ni nos proporcionarán una remuneración económica, pero conseguirán que nos cuestionemos asuntos que nos conciernen a todos.
EL PAPEL DE LA EDUCACIÓN
Es entonces cuando debemos encontrar un espacio específico y común para desarrollar el análisis, la capacidad de cuestionar el mundo. Nos referimos a un lugar abstracto, ilimitado: la educación.
El debate se remonta a los orígenes del pensamiento: Platón, en La república, ya relataba la “necesidad de que la enseñanza no haga compulsiva la forma de instrucción, porque el hombre libre no debe aprender ninguna disciplina a la manera de esclavo”[6]. Su reflexión se refuerza con el concepto de educación que compartía Erasmo de Rotterdam en la Edad Media, que tuvo problemas con la doctrina religiosa debido a que consideraba que las personas debían realizar una lectura propia de los textos para alcanzar la libertad. Esto se contraponía a los principios eclesiásticos, que divulgaban una interpretación propia de los códices.
El renacentista amaba los libros y consideraba que la cultura no debía estar restringida a los intelectuales, sino abrirse a las masas, pues “estaba seguro de que los hombres que se familiarizaban con las obras de los autores clásicos podían ser más felices y más justos en su propia época”[7]. Además, consideraba que la religión, no solo la cristiana, era capaz de acabar con la cultura mediante la quema de obras científicas y filosóficas en nombre de Dios. Solo la literatura podría acabar con la manipulación y la intolerancia doctrinaria.
Sin embargo, el concepto de enseñanza que defendía Erasmo no se corresponde con la metodología empleada en el sistema educativo actual, alejada del alma mater defendido por los romanos, en el que la universidad se erige como el núcleo, la base del conocimiento. Las universidades, en su origen, surgieron como centros de intercambios culturales entre maestros y discípulos, en los que los saberes que ahora consideramos inútiles se enseñaban a tiempo completo: lo que hoy llamamos “cultura general” (la filosofía, el arte, las humanidades…) era el objeto de aprendizaje fundamental de todo estudiante. Ahora, es tan solo un accesorio que pocos se preocupan de cuidar, de aprender, de disfrutar.
José Ortega y Gasset ha propuesto tres funciones básicas de la universidad como institución encargada de los estudios superiores: la enseñanza de una profesión determinada, la investigación y, por último, la transmisión de la cultura. El objetivo es el del acceso a la enseñanza del hombre medio, por lo que sería una utopía pensar que todos vayan a convertirse en investigadores, en científicos.
Gasset considera que la obsesión por investigar en la Universidad ha destronado a la cultura como función primaria de la institución, como “el sistema de ideas desde las cuales el tiempo vive”[8], es decir, supone la necesidad de conocer el contexto en el que se vive, las ideas que imperan en la realidad social, para conseguir que “el hombre de ciencia deje de ser lo que hoy es con deplorable frecuencia: un bárbaro que sabe mucho de una cosa”[9], un bárbaro del especialismo, ignorante en el resto de materias, pero experto solo en una: la que le permite obtener un salario cada mes.
Gasset y Erasmo analizaban la sociedad de su época, pero sus conclusiones las podemos extrapolar a nuestra experiencia actual: La utilidad de lo inútil es el ejemplo ideal para ilustrar la función de la universidad como máquina de fabricar trabajadores, graduados cuyo objetivo es conseguir un certificado que mide los conocimientos útiles, remunerables.
“La lógica del beneficio y de la velocidad está arruinando la escuela, la universidad, la investigación científica, la idea de patrimonio artístico y las relaciones humanas …La gestión de una universidad no puede ser como la de una empresa… Los Estados ya no comprenden que invertir en la escuela, en la universidad, en la cultura en general significa invertir en el desarrollo social, económico”[10].
LOS CLÁSICOS
Ordine, con su reflexión sobre la importancia de la cultura en la sociedad, nos transporta hacia el singular mundo de los clásicos, que nos impulsan a perseguir una verdad en constante cambio, una verdad basada en el amor por conocer, en la filosofía. Dentro del imperante utilitarismo en la sociedad actual, es necesario promover sentimientos que nos empujen para conseguir un beneficio para la comunidad, que no sea individualista. Martha Nussbaum, en su obra El conocimiento del amor. Ensayos sobre filosofía y literatura, recalca esta idea, pues insiste en “la capacidad de las obras literarias para despertar nuestra imaginación y, con ella, tanto la empatía con el otro como la riqueza de un pensamiento cualitativo, complejo y plural”[11].
La lectura de los clásicos representa la plena utilidad de lo inútil, es aprender de los maestros de la palabra, es entender la opresión de la mujer en la España de los años 30 de la mano de Lorca, es acompañar al Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha en sus locuras durante un año que parecía eterno, pero que finalizó antes de lo esperado, cuando en abril asistí a la muerte de este caballero andante, que tantas noches en vela me hizo pasar. Es, también, disfrutar con las leyendas de Bécquer, es soñar y reflexionar con el Principito… es arte, magia y enseñanza. Los clásicos ayudan a nuestro pensamiento a seguir fluyendo, a no permanecer nunca en aguas estancadas.
Hace escasas semanas, tuve el placer de compartir unas conversación de esas que esbozan sonrisas cuando las recordamos: hablamos de teatro, de la inocencia de los niños y de los clásicos. Al igual que Ordine, llegamos a la conclusión de que un clásico representa un tema universal, que siempre enseña y es atemporal.
Pero, ¿qué es un clásico? Un libro, una historia arraigada a la cultura desde tiempos inmemorables, una “fuente inagotable de calidad, conocimiento y, ante todo, humanidad”[12]. Un clásico, persiguiendo la idea de Italo Calvino en ¿Por qué leer los clásicos?, se relee, porque perdura en el tiempo, porque enriquece y se descubre una nueva historia en cada lectura, porque evoluciona y se niega a desaparecer, pero no “tienen la eternidad asegurada: algunos, de hecho, tienen fecha de caducidad”[13]. Además, hay obras que viajan de lo general a lo particular, del mundo a la mesita en la que reposan las lecturas nocturnas, y de la cama a los sueños que recordamos de vez en cuando, pues “tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él”[14].
Si hablamos de oferta y demanda, si nos movemos de manera constante en términos económicos, el conocimiento no tiene ningún coste de oportunidad, pues “es una riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse, enriqueciendo a quien los transmite y a quien lo recibe”[15]. La belleza es aquello que podemos disfrutar con los sentidos, lo que nos proporciona un placer perpetuo, antónimo del dinero efímero que conseguimos con esfuerzo y que desaparece casi de manera simultánea.
Olvidémonos por un diminuto instante del pragmatismo y alejémonos de la sociedad utilitarista movida por la abundancia. Acerquémonos a la verdadera riqueza que emana de los pequeños placeres: la lectura de un buen libro, el intercambio de conocimientos en la Universidad o el poder de una conversación que fluye libre, sin coacciones.
BIBLIOGRAFÍA
BARRIOS, Manuel, “El conocimiento del amor”, elcultural.com, disponible en https://elcultural.com/El-conocimiento-del-amor, 25/05/2006, consultado el 25/11/2019.
CALVINO, Italo, ¿Por qué leer los clásicos?, Ediciones siruela.
CUARTANGO, Pedro, “Servidumbre voluntaria”, elmundo.es, disponible en https://www.elmundo.es/opinion/2017/01/14/587927d0268e3eed3a8b4621.html, 14/01/2017, consultado el 18/10/2019.
DÍEZ, Moreno, Fernando, “Erasmo de Rotterdam”, disponible en https://www.abc.es/local-toledo/20130116/abci-cartas-humanismo-fernando-diez-201301161142.html, 16/01/2013, consultado el 25/10/2019.
HERNÁNDEZ, Blanco, Pablo, “¿Por qué leer los clásicos”, jotdown.es, disponible en https://www.jotdown.es/2014/09/por-que-leer-los-clasicos/, consultado el 8/11/2019.
ORDINE; Nuccio, “Versión Completa: La utilidad de lo inútil en nuestra vida. Nuccio Ordine, profesor y escritor”, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=co_F_zYqnEQ, archivo de video, consultado el 1/11/2019.
ORDINE, Nuccio, La utilidad de lo inútil, Acantilado, trad. Jordy Bayod Brau, Barcelona, 2013.
De la BOETTIE, Étienne, “Sobre la servidumbre voluntaria”, discurso, disponible enhttp://www.noviolencia.org/publicaciones/contrauno.pdf, 1548, consultado el 23/10/2019.
ORTEGA Y GASSET, José, “Misión de la universidad”, disponible en http://www.esi2.us.es/~fabio/mision.pdf, consultado el 26/10/2019.
PLATÓN, La República, en: Diálogos IV, introducción, traducción y notas de Conrado Eggers Lan, Madrid, Gredos, 1986.
VIGNALE, Silvana, “Foucault, actitud crítica y subjetivación” (documento pdf), en Cuadernos de filosofía, (cita textual de Foucault), pág.15, 2014.
[1]Rodotá en ORDINE, Nuccio, La utilidad de lo inútil, Acantilado, trad. Jordy Bayod Brau, Barcelona, 2013, pág.11.
[2] De la BOETTIE, Étienne, “Sobre la servidumbre voluntaria”, discurso, disponible en http://www.noviolencia.org/publicaciones/contrauno.pdf, 1548, consultado el 23/10/2019.
[3] ORDINE, Nuccio, La utilidad de lo inútil, Acantilado, trad. Jordy Bayod Brau, Barcelona, 2013, pág.75.
[4] Op, cit.
[5] Foucault en VIGNALE, Silvana, “Foucault, actitud crítica y subjetivación” (documento pdf), en Cuadernos de filosofía, (cita textual de Foucault), pág.15, 2014.
[6] PLATÓN, La República, en: Diálogos IV, introducción, traducción y notas de Conrado Eggers Lan, Madrid, Gredos, 1986.
[7] DÍEZ, Moreno, Fernando, “Erasmo de Rotterdam”, disponible en https://www.abc.es/local-toledo/20130116/abci-cartas-humanismo-fernando-diez-201301161142.html, 16/01/2013, consultado el 25/10/2019.
[8] ORTEGA Y GASSET, José, “Misión de la universidad”, disponible en http://www.esi2.us.es/~fabio/mision.pdf, consultado el 26/10/2019.
[9] Op.cit.
[10] ORDINE; Nuccio, “Versión Completa: La utilidad de lo inútil en nuestra vida. Nuccio Ordine, profesor y escritor”, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=co_F_zYqnEQ, archivo de video, consultado el 1/11/2019.
[11]Nussbaum en BARRIOS, Manuel, “El conocimiento del amor”, elcultural.com,25/05/2006, disponible en https://elcultural.com/El-conocimiento-del-amor, consultado el 25/11/2019.
[12] HERNÁNDEZ, Blanco, Pablo, “¿Por qué leer los clásicos”, jotdown.es, disponible en https://www.jotdown.es/2014/09/por-que-leer-los-clasicos/, consultado el 8/11/2019.
[13] Op.cit.
[14] CALVINO, Italo, ¿Por qué leer los clásicos?, Ediciones siruela, pág.11.
[15] ORDINE, Nuccio, La utilidad de lo inútil, Acantilado, trad. Jordy Bayod Brau, Barcelona, 2013, pág. 111.