Donar médula ósea, tejer nuevas vidas

Los expertos continúan favoreciendo la divulgación y la concienciación. Aunque con la llegada de la pandemia, las cifras de nuevas inscripciones han caído como no lo hacían desde antes de 2021. La médula ósea, tejido del interior de los huesos, alberga las células madre, básicas para la cura de enfermedades sanguíneas.

Imagina poder cambiar la historia con un simple gesto, mejorar el mundo de otro con un pequeño sacrificio y regalar un rotundo sí a la vida sufriendo un ínfimo dolor. Motivos que hace seis años impulsaron a Alberto Pardo a inscribirse como donante de médula ósea. Tomó la decisión tras ver el vídeo de un niño enfermo de leucemia de su ciudad natal, Cuenca. El pequeño demandaba un trasplante de progenitores hemopoyéticos (YPH) para encontrar a esa persona única y compatible que le ayudase a regenerar sus células de la sangre sanas. 

Alberto se unió a REDMO en 2017, último año en el que este Registro de Donantes de Médula Ósea de referencia internacional creció de manera acusada, con un total de 78291 nuevas incorporaciones. Este incremento tan puntual como necesario tuvo su origen en llamamientos virales forjados a través de redes sociales. Destacan casos con nombre propio que ponen en marcha batallones de jóvenes altruistas sin precedentes. Aunque José Antonio Simarro, responsable de trasplantes en el Hospital Virgen de la Luz de Cuenca, alerta de la inestabilidad de estas tendencias viscerales: “Las campañas vienen muy bien, pero te tienes que apuntar con el corazón, no por una persona. Luego muchos, cuando les llaman para donar, se han borrado porque se unen por el impulso. Esto se ve estadísticamente”. 

Sin embargo el crecimiento tenía notoriedad ya desde 2012 , cuando el Plan Nacional de Donación de Médula Ósea(PNDMO) comenzó a galopar. Entonces arrancó una carrera de fondo cuyo objetivo perseguía concienciar a personas como Alberto de la importancia de tejer vida a partir de la médula ósea: “Antes de tomar la decisión empecé a investigar porque ni sabía exactamente lo que era. Incluso te imaginas que es una cosa mucho más bárbara e invasiva”, confiesa Alberto.  

El plan buscaba aumentar las bases de datos, pero las cifras se han alcanzado de manera parcial. Lola Hernández, hematóloga responsable del PNDMO, reconoce que en el último año han sufrido un puntual ocaso que ha eclipsado los buenos datos de REDMO y solo han crecido un 3%: “En 2012 había 100.000 donantes y en 2019 ya 400.000. Nuestro objetivo era llegar a los 500.000 en 2022, pero no contábamos con la pandemia”. Con 468.042 inscritos, rozan, pero no rebasan la meta fijada. 

Y es que la covid-19 paralizó el mundo y también la cultura de la donación: “Se cerró todo y reanudarlo ha costado. Hay un porcentaje de gente que ha empezado a vivir en el miedo al contacto con los demás y a entrar al hospital por temor al contagio”, analiza Simarro.  Pero lejos de mostrarse pesimista, Hernández recalca que el registro no destaca por su cuantía, pero sí por su efectividad. Atributo que el coordinador conquense considera insuficiente.

El enfermero tiene en cuenta que la Organización Nacional de Trasplantes (ONT) alerta de que la posibilidad de encontrar al donante idóneo se fija en 1 entre 4.000 : “La eficiencia de los que tenemos ha crecido mucho, sobre todo al disminuir la edad de la donación a menos de 40 años. Pero no tenemos suficientes para todos los que lo necesitan”.  Y es que el factor de la edad obliga a la donación de médula a esprintar todavía más en esta carrera contrarreloj.

Eso sí, aunque España se sitúe en el puesto 26 a nivel mundial en materia de trasplantes, la excelente conexión internacional permite que los pacientes nacionales puedan recibir donaciones extranjeras. Encabeza el ranquin Alemania, en primera posición con casi ocho millones de donaciones en 2020. Su caso se encuentra en estudio por parte de la ONT, pues solo en 2021 el país germano realizó el 37% de los trasplantes efectuados en España: “Alemania tiene muy buena coordinación y eso da mucha seguridad. Pero como objetivo del plan tenemos que aumentar la autosuficiencia: donantes españoles para pacientes españoles”, explica Hernández, que alega la reducción de costes, menos tiempos de espera y una mayor facilidad logística como ventajas. Sin embargo, Simarro discrepa: “Cuanto más internacionales seamos es mejor. Hablamos de una vida humana y comparado con otros gastos sanitarios no es nada”.

https://app.flourish.studio/visualisation/13268030/edit?

Lo que sí ha conseguido con éxito el plan ha sido reducir el tiempo de espera de los trasplantes: En menos de diez años, las autoridades sanitarias han conseguido bajar de los casi dos meses de tardanza a menos de 30 días. Así lo corrobora el caso de Alberto, que en menos de un mes realizó la segunda prueba de compatibilidad necesaria para la donación y también la extracción de la médula: “Tu interior piensa que realmente ya tu existencia ha servido para algo. No solo he ayudado al paciente, también a su entorno”. 

https://app.flourish.studio/visualisation/13268336/edit?

Para 2026, Hernández fija en 600.000 el número de donantes idóneo para que el Plan de Nacional siga latiendo a un ritmo óptimo. Para ello se necesita que las competencias autonómicas bombeen campañas dirigidas a universitarios, población diana por la calidad de sus células. Otra de sus propuestas pone en marcha unidades móviles, de máxima importancia en provincias como Castilla- La Mancha, en novena posición a nivel nacional con solo 18735 nuevos donantes inscritos en 2021: “La dispersión es uno de los factores de nuestras bajas cifras. En Cuenca no viene a donar gente de pueblos por falta de información, de cultura y por la distancia”. 

Aunque el gen altruista que nos sitúa a la cabeza en donación de órganos a nivel mundial guarda resquicio para la donación de médula: se ha mejorado la identificación de los donantes para crear mejores bases de datos, intensificado la divulgación, aumentado la efectividad de los trasplantes y un largo etcétera por el que REDMO o la ONT sacan pecho en sus balances anuales. Su mensaje continúa poniendo el foco en los pacientes, que le cantan a la ciencia y le cuentan a los futuros donantes lo bonito de coser con hilos rojos un corazón que lata por segunda vez.

Villar de Olalla, unida por la música

¡Hola, vecinos!!

En primer lugar, muchas gracias a todos por haber dedicado unos minutos a leer mi reflexión sobre la compleja realidad que estamos viviendo. Muchas gracias a todos por vuestras preciosas y sinceras palabras. Como sabéis, desde mi balcón, cada noche ponemos una canción para acompañar los aplausos. Ya llevamos dos: Vivir y Resistiré. Esta noche, toca Mi héroe, de Antonio Orozco. Alba De la Torre ha decidido unirse a esta humilde iniciativa y hemos pensado que podemos hacerlo extensible a todo el pueblo para que , desde nuestras casas, todos podamos escuchar la misma canción cada noche. Así, cantaremos juntos y la melodía nos ayudará a llevar estos difíciles momentos de soledad de una manera un poquito más amena. Todavía no sé muy bien cómo podemos hacerlo. Intentaremos entre todos difundir al máximo para que cualquiera que quiera participar tanto dándole al play como proponiendo canciones para futuros atardeceres pueda hacerlo. ¿Alguna sugerencia de cómo podemos organizar esto?

Una vez más, juntos será más fácil!! Animaos!!!

JUNTOS, RESISTIREMOS

No estoy aquí para realizar un artículo sobre los orígenes de la actual e inesperada crisis que estamos viviendo. Tampoco para analizar las estadísticas sobre los nuevos y futuros posibles casos que el SARS-Co-V-2 traiga consigo en las próximas semanas basándome en la big data. No tengo ni los conocimientos ni la energía suficiente: entre intentar asistir a las clases de manera telemática, contestar correos de la Universidad y cargar el portátil entre trabajo y trabajo, apenas tengo tiempo de parar y reflexionar sobre esta situación. A veces, mis profes parecen ajenos a la compleja situación que estamos viviendo.

Simplemente escribo porque necesito expresar con palabras lo que no puedo decir con abrazos (el confinamiento me lo impide, igual que a vosotros). Quiero alzar la voz por todos los que, hasta ahora, tienen un nudo en la garganta que les impide gritar, llorar o simplemente exteriorizar su malestar. No es tiempo de reproches. Es momento de dejar a un lado nuestras diferencias, de la índole que sean, políticas, religiosas, culturales… Tenemos que sumar fuerzas y cada gesto, por muy diminuto e insignificante que sea, cuenta. 

Cuando el jueves nos levantamos con la impactante noticia que anunciaba la suspensión temporal de las clases, no daba crédito a lo que estaba viviendo. Parecía el inicio de una novela distópica de las que suelo leer. De esas historias catastróficas que destruyen mundos. En ocasiones, por desgracia, la ficción supera la realidad. Con la declaración del Estado de Alarma, las sospechas se confirmaron: la situación revestía gravedad, y no estábamos preparados para ello.

 Ni me imagino lo que queda por venir. Soy incapaz de ver desde los ojos de un médico, un enfermero, un celador, un dependiente de supermercado, una persona encargada de la limpieza de un hospital, un cuidador de ancianos en una residencia, un familiar roto de dolor por el fallecimiento de un ser querido… Ni puedo ni quiero observar el mundo desde una perspectiva tan cruda, pero es lo que nos ha tocado afrontar. 

Siento vergüenza al ver a los cuerpos de seguridad del Estado pedir en reiteradas ocasiones a los transeúntes inquietos de la calle que, por favor, permanezcan en casa. Pero, después, el telediario finaliza con un video de los sanitarios agradeciendo a todo un país un simple gesto de afecto e, inmediatamente, me enorgullezco de lo que somos capaces de conseguir juntos. A veces, lloro; otras, río (con la cantidad de videos circulando por las redes, es inevitable) aunque nunca viene mal aliviar tensiones en momentos de pánico colectivo.

En mi barrio, somos pocos, pero cada anochecer, a eso de las ocho, aplaudimos por todas y cada una de las personas que estos días se han puesto una capa roja para intentar salvar el mundo de las garras del COVID 19. Hoy, ha sido la primera vez que hemos amenizado la velada no solo con aplausos, también con música: Rozalén y Estopa se han colado en nuestro balcón a ritmo de Vivir. Mañana, puede que sea la mítica Resistiré, pasado nos acordaremos de Valencia, la tierra de las flores y de mis amores (Vera y Sonia, estoy segura de que vuestro ansiado momento llegará). Puede que la próxima armonía llegue con Mi héroe y la siguiente, quién sabe. El propósito es el de callar el silencio, el de llenar las calles vacías, el de estar unidos pese a la distancia. Esta noche, como todas, reconozco que me he emocionado. Pero ¿quién no?

El coronavirus ha paralizado el mundo, pero es nuestro cometido empezar a girar de nuevo, desde 0. En los momentos de debilidad, somos más fuertes que nunca. Siempre he pensado que las batallas más difíciles son para los mejores guerreros. En este caso, no tenemos ni armadura: mascarillas, guantes y poco más, que no son suficiente para proteger a nuestros soldados al frente, que combaten cada día por frenar al dichoso y contagioso COVID-19. 

Por favor, quedémonos en casa, no por nosotros, sino por nuestros compañeros. Quédate en casa, no por necesidad, sino por solidaridad. Quédate en casa para poder celebrar más tarde que hemos ganado (ya que este año no tendremos Eurocopa, por lo menos habrá que levantar algún trofeo, y si lleva una corona delante, mejor;)). Tendremos tiempo de abrazarnos, de llenar calles, tiendas y bares y de disfrutar del tiempo juntos. Pero, ahora…

Yo me quedo, ¿y tú?

ALMA MATER

A veces, tan solo a veces, encontramos tiempo para pensar en medio de un mundo cargado de trabajo cuyo único fin es conseguir un rédito directo, sin ser capaces de sustituir el ajetreo diario por un momento de reflexión. Es en ese momento cuando nos planteamos preguntas un tanto abstractas, ambiguas, retóricas, inútiles, ¿o no?

 El pragmatismo se apodera del disfrute personal en nuestros días: nos limitamos a realizar todo aquello que proporciona una remuneración directa. Hasta hace poco, no había tenido tiempo de pausar las tareas “útiles” y adentrarme en el mundo del conocer por placer hasta que apareció La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine, un libro formado por las lecturas recogidas por su autor durante toda una vida dedicada al saber que almacenan los tesoros más preciados, pero menos buscados: los libros.

UNA SOCIEDAD UTILITARISTA ACOSTUMBRADA A LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA

La utilidad de los saberes inútiles es fundamental para contrarrestar la tendencia de la mentalidad moderna, en la que el poder de agentes poderosos nos convierte en esclavos, en máquinas de fabricar beneficios tangibles.  Stefano Rodotá, en su ensayo sobre el “derecho a tener derechos”, nos haba de una realidad presente, en la que transformamos a los hombres en mercancía y dinero, lo que ha dado vida a “un monstruo sin patria y sin piedad”[1]. Rodotá nos lleva a pensar en un concepto que parece olvidado en los medios de comunicación (ya que, en ocasiones, son un instrumento de control más): la servidumbre voluntaria. 

Étienne de la Boétie, en su discurso de 1548, decía que “al modo que al hombre se le hace natural todo aquello que adquiere con la educación y la costumbre, también el primer impulso de la servidumbre voluntaria es constantemente un efecto del hábito que contrae la niñez”[2]. De la Boétie consideraba que el hombre tiene dos opciones: liberarse o servir. Sin embargo, estamos acostumbrados a obedecer al poder sin cuestionar los abusos, por lo que nos convertimos en esclavos motu proprio. Y “un país donde no se comprende el arte es un país de esclavos o de robots, un país de gente desdichada, de gente que no ríe ni sonríe…y donde no hay rosa, hay cólera y odio”[3]. Nos convertimos en autómatas preocupadas por acumular bienes materiales, nunca intelectuales.

La servidumbre voluntaria surgió como término en el siglo XVI, momento en el que el poder de las monarquías era primordial junto con el de la institución eclesiástica, cuya presencia física (que no simbólica) ante el pueblo era inexistente para mantener su soberanía “sabiendo que trataban con unos pueblos tan ignorantes y estúpidos que, por mal que se les tendiera el cebo, caían en él, siendo más fácilmente engañado”[4]. Desafortunadamente, la masa sigue mordiendo el anzuelo, una y otra vez.

Michael Foucault es el encargado de darle la vuelta al concepto de la Boétie con su postura sobre la “inservidumbre voluntaria”:

La crítica es el movimiento por el cual el sujeto se atribuye el derecho de interrogar a la verdad acerca de sus efectos de poder, y al poder acerca de sus discursos de verdad; pues bien, la crítica será el arte de la inservidumbre voluntaria, el de la indocilidad reflexiva. La crítica tendría esencialmente por función la de sujeción en el juego de lo que se podrá denominar, con una palabra, la política de la verdad[5]

La crítica, el escepticismo, la duda y el cuestionamiento continuo… Estos elementos son la base  para conseguir la libertad del ser humano. Pero estas claves no se aprenden en una empresa ni en los libros de autoayuda que alcanzan el top 10 en las ventas de librerías y centros comerciales, sino en los “saberes inútiles”. No nos garantizarán el éxito en una entrevista de trabajo ni nos proporcionarán una remuneración económica, pero conseguirán que nos cuestionemos asuntos que nos conciernen a todos. 

EL PAPEL DE LA EDUCACIÓN

Es entonces cuando debemos encontrar un espacio específico y común para desarrollar el análisis, la capacidad de cuestionar el mundo. Nos referimos a un lugar abstracto, ilimitado: la educación. 

El debate se remonta a los orígenes del pensamiento: Platón, en La república, ya relataba la “necesidad de que la enseñanza no haga compulsiva la forma de instrucción, porque el hombre libre no debe aprender ninguna disciplina a la manera de esclavo”[6]. Su reflexión se refuerza con el concepto de educación que compartía Erasmo de Rotterdam en la Edad Media, que tuvo problemas con la doctrina religiosa debido a que consideraba que las personas debían realizar una lectura propia de los textos para alcanzar la libertad. Esto se contraponía a los principios eclesiásticos, que divulgaban una interpretación propia de los códices. 

El renacentista amaba los libros y consideraba que la cultura no debía estar restringida a los intelectuales, sino abrirse a las masas, pues “estaba seguro de que los hombres que se familiarizaban con las obras de los autores clásicos podían ser más felices y más justos en su propia época”[7].  Además, consideraba que la religión, no solo la cristiana, era capaz de acabar con la cultura mediante la quema de obras científicas y filosóficas en nombre de Dios. Solo la literatura podría acabar con la manipulación y la intolerancia doctrinaria.

Sin embargo, el concepto de enseñanza que defendía Erasmo no se corresponde con la metodología empleada en el sistema educativo actual, alejada del alma mater defendido por los romanos, en el que la universidad se erige como el núcleo, la base del conocimiento. Las universidades, en su origen, surgieron como centros de intercambios culturales entre maestros y discípulos, en los que los saberes que ahora consideramos inútiles se enseñaban a tiempo completo: lo que hoy llamamos “cultura general” (la filosofía, el arte, las humanidades…) era el objeto de aprendizaje fundamental de todo estudiante. Ahora, es tan solo un accesorio que pocos se preocupan de cuidar, de aprender, de disfrutar. 

José Ortega y Gasset ha propuesto tres funciones básicas de la universidad como institución encargada de los estudios superiores: la enseñanza de una profesión determinada, la investigación y, por último, la transmisión de la cultura. El objetivo es el del acceso a la enseñanza del hombre medio, por lo que sería una utopía pensar que todos vayan a convertirse en investigadores, en científicos. 

Gasset considera que la obsesión por investigar en la Universidad ha destronado a la cultura como función primaria de la institución, como “el sistema de ideas desde las cuales el tiempo vive”[8], es decir, supone la necesidad de conocer el contexto en el que se vive, las ideas que imperan en la realidad social, para conseguir que “el hombre de ciencia deje de ser lo que hoy es con deplorable frecuencia: un bárbaro que sabe mucho de una cosa”[9], un bárbaro del especialismo, ignorante en el resto de materias, pero experto solo en una: la que le permite obtener un salario cada mes. 

Gasset y Erasmo analizaban la sociedad de su época, pero sus conclusiones las podemos extrapolar a nuestra experiencia actual: La utilidad de lo inútil es el ejemplo ideal para ilustrar la función de la universidad como máquina de fabricar trabajadores, graduados cuyo objetivo es conseguir un certificado que mide los conocimientos útiles, remunerables. 

“La lógica del beneficio y de la velocidad está arruinando la escuela, la universidad, la investigación científica, la idea de patrimonio artístico y las relaciones humanas …La gestión de una universidad no puede ser como la de una empresa… Los Estados ya no comprenden que invertir en la escuela, en la universidad, en la cultura en general significa invertir en el desarrollo social, económico”[10].

LOS CLÁSICOS

Ordine, con su reflexión sobre la importancia de la cultura en la sociedad, nos transporta hacia el singular mundo de los clásicos, que nos impulsan a perseguir una verdad en constante cambio, una verdad basada en el amor por conocer, en la filosofía. Dentro del imperante utilitarismo en la sociedad actual, es necesario promover sentimientos que nos empujen para conseguir un beneficio para la comunidad, que no sea individualista. Martha Nussbaum, en su obra El conocimiento del amor. Ensayos sobre filosofía y literatura, recalca esta idea, pues insiste en “la capacidad de las obras literarias para despertar nuestra imaginación y, con ella, tanto la empatía con el otro como la riqueza de un pensamiento cualitativo, complejo y plural”[11].

La lectura de los clásicos representa la plena utilidad de lo inútil, es aprender de los maestros de la palabra, es entender la opresión de la mujer en la España de los años 30 de la mano de Lorca, es acompañar al Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha en sus locuras durante un año que parecía eterno, pero que finalizó antes de lo esperado, cuando en abril asistí a la muerte de este caballero andante, que tantas noches en vela me hizo pasar.  Es, también, disfrutar con las leyendas de Bécquer, es soñar y reflexionar con el Principito… es arte, magia y enseñanza. Los clásicos ayudan a nuestro pensamiento a seguir fluyendo, a no permanecer nunca en aguas estancadas. 

Hace escasas semanas, tuve el placer de compartir unas conversación de esas que esbozan sonrisas cuando las recordamos: hablamos de teatro, de la inocencia de los niños y de los clásicos. Al igual que Ordine, llegamos a la conclusión de que un clásico representa un tema universal, que siempre enseña y es atemporal. 

Pero, ¿qué es un clásico? Un libro, una historia arraigada a la cultura desde tiempos inmemorables, una “fuente inagotable de calidad, conocimiento y, ante todo, humanidad”[12]. Un clásico, persiguiendo la idea de Italo Calvino en ¿Por qué leer los clásicos?, se relee, porque perdura en el tiempo, porque enriquece y se descubre una nueva historia en cada lectura, porque evoluciona y se niega a desaparecer, pero no “tienen la eternidad asegurada: algunos, de hecho, tienen fecha de caducidad”[13]. Además, hay obras que viajan de lo general a lo particular, del mundo a la mesita en la que reposan las lecturas nocturnas, y de la cama a los sueños que recordamos de vez en cuando, pues “tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él”[14].

Si hablamos de oferta y demanda, si nos movemos de manera constante en términos económicos, el conocimiento no tiene ningún coste de oportunidad, pues “es una riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse, enriqueciendo a quien los transmite y a quien lo recibe”[15].  La belleza es aquello que podemos disfrutar con los sentidos, lo que nos proporciona un placer perpetuo, antónimo del dinero efímero que conseguimos con esfuerzo y que desaparece casi de manera simultánea. 

Olvidémonos por un diminuto instante del pragmatismo y alejémonos de la sociedad utilitarista movida por la abundancia. Acerquémonos a la verdadera riqueza que emana de los pequeños placeres: la lectura de un buen libro, el intercambio de conocimientos en la Universidad o el poder de una conversación que fluye libre, sin coacciones.

BIBLIOGRAFÍA 

BARRIOS, Manuel, “El conocimiento del amor”, elcultural.com, disponible en https://elcultural.com/El-conocimiento-del-amor, 25/05/2006consultado el 25/11/2019.

CALVINO, Italo, ¿Por qué leer los clásicos?, Ediciones siruela.

CUARTANGO, Pedro, “Servidumbre voluntaria”, elmundo.es, disponible en https://www.elmundo.es/opinion/2017/01/14/587927d0268e3eed3a8b4621.html, 14/01/2017, consultado el 18/10/2019.

DÍEZ, Moreno, Fernando, “Erasmo de Rotterdam”, disponible en https://www.abc.es/local-toledo/20130116/abci-cartas-humanismo-fernando-diez-201301161142.html, 16/01/2013, consultado el 25/10/2019.

HERNÁNDEZ, Blanco, Pablo, “¿Por qué leer los clásicos”, jotdown.es, disponible en https://www.jotdown.es/2014/09/por-que-leer-los-clasicos/, consultado el 8/11/2019.

ORDINE; Nuccio, “Versión Completa: La utilidad de lo inútil en nuestra vida. Nuccio Ordine, profesor y escritor”, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=co_F_zYqnEQ, archivo de video, consultado el 1/11/2019.

ORDINE, Nuccio, La utilidad de lo inútil, Acantilado, trad. Jordy Bayod Brau, Barcelona, 2013.

De la BOETTIE, Étienne, “Sobre la servidumbre voluntaria”, discurso, disponible enhttp://www.noviolencia.org/publicaciones/contrauno.pdf,  1548, consultado el 23/10/2019.

ORTEGA Y GASSET, José, “Misión de la universidad”, disponible en http://www.esi2.us.es/~fabio/mision.pdf, consultado el 26/10/2019.

PLATÓN, La República, en: Diálogos IV, introducción, traducción y notas de Conrado Eggers Lan, Madrid, Gredos, 1986.

VIGNALE, Silvana, “Foucault, actitud crítica y subjetivación” (documento pdf), en Cuadernos de filosofía, (cita textual de Foucault), pág.15, 2014. 


[1]Rodotá en ORDINE, Nuccio, La utilidad de lo inútil, Acantilado, trad. Jordy Bayod Brau, Barcelona, 2013, pág.11.

[2] De la BOETTIE, Étienne, “Sobre la servidumbre voluntaria”, discurso, disponible en http://www.noviolencia.org/publicaciones/contrauno.pdf,  1548, consultado el 23/10/2019.

[3] ORDINE, Nuccio, La utilidad de lo inútil, Acantilado, trad. Jordy Bayod Brau, Barcelona, 2013, pág.75.

[4] Op, cit.

[5] Foucault en VIGNALE, Silvana, “Foucault, actitud crítica y subjetivación” (documento pdf), en Cuadernos de filosofía, (cita textual de Foucault), pág.15, 2014. 

[6] PLATÓN, La República, en: Diálogos IV, introducción, traducción y notas de Conrado Eggers Lan, Madrid, Gredos, 1986.

[7] DÍEZ, Moreno, Fernando, “Erasmo de Rotterdam”, disponible en https://www.abc.es/local-toledo/20130116/abci-cartas-humanismo-fernando-diez-201301161142.html, 16/01/2013, consultado el 25/10/2019.

[8] ORTEGA Y GASSET, José, “Misión de la universidad”, disponible en http://www.esi2.us.es/~fabio/mision.pdf, consultado el 26/10/2019. 

[9] Op.cit.

[10] ORDINE; Nuccio, “Versión Completa: La utilidad de lo inútil en nuestra vida. Nuccio Ordine, profesor y escritor”, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=co_F_zYqnEQ, archivo de video, consultado el 1/11/2019.

[11]Nussbaum en  BARRIOS, Manuel, “El conocimiento del amor”, elcultural.com,25/05/2006,  disponible en https://elcultural.com/El-conocimiento-del-amor, consultado el 25/11/2019.

[12] HERNÁNDEZ, Blanco, Pablo, “¿Por qué leer los clásicos”, jotdown.es, disponible en https://www.jotdown.es/2014/09/por-que-leer-los-clasicos/, consultado el 8/11/2019.

[13] Op.cit.

[14] CALVINO, Italo, ¿Por qué leer los clásicos?, Ediciones siruela, pág.11.

[15] ORDINE, Nuccio, La utilidad de lo inútil, Acantilado, trad. Jordy Bayod Brau, Barcelona, 2013, pág. 111.

Futucam

www.youtube.com/watch

Cuando en la asignatura de producción audiovisual nos propusieron realizar un pequeño spot como tarea de clase, teníamos claro que queríamos que valiera la pena independientemente del resultado, y así ha sido.

Hay experiencias que son vida, que solo suman y que, además, nos proporcionan momentos que permanecerán eternos en el recuerdo. Espero que esta sea una de las pequeñas piezas que me vayan formando no solo como profesional sino como persona.

Ponernos en la piel de los demás y ver la vida desde el otro lado de la cámara nos hace creernos diminutos en la inmensidad; pero, al mismo tiempo, enormes, porque con pequeños gestos podemos sentir grandes vivencias, que no cambian la vida, pero la maquillan de dulzura y de verdad.

Pero lo cierto es que el camino es imposible realizarlo sola. Cuando estás perdida, necesitas luces que te guíen en la penumbra. Por ello, muchas gracias a mis compis Maca, Chus y Dani por ser mis acompañantes en este bonito proyecto.

#nobuscamossuperhéroestebuscamosati.

EL ESTIGMATIZADOR ESTIGMATIZADO

Imaginemos vivir en un mundo en el que todos pudieran sentir, pero no ver. Imaginemos que solo nosotros podemos ver, pero no sentir. Imaginemos, por tanto, que esta “cualidad” nos erige como la máxima autoridad en este diminuto espacio al que llamaremos el país de los Ciegos, pues somos los únicos que podemos observar con la mirada. Pero esa gran masa que vive en este lugar y a la que queremos dominar no necesita ver para saber, mirar para conocer, atisbar para palpar.  Los habitantes de este misterioso país no tienen ojos, pero han conseguido desarrollar otras aptitudes que les permiten percibir el mundo como si tuvieran un mapa en la mente. 

El protagonista de nuestra peculiar historia, Núñez, creía haber salido del mundo al adentrarse en el curioso país de los ciegos, pero no, no fue así: en realidad, simplemente había descubierto un lugar distinto al suyo. Pero diferente, en contra de los pensamientos de Núñez, no significa salvaje, sino, más bien, diverso. Los ciegos, a su vez, consideraban que el bárbaro era Núñez, y no viceversa. Aunque, en realidad, aquel que ignora y que no se preocupa por conocer, tilda de incierto todo lo que le es ajeno, todo lo que no se engloba dentro de su propia civilización, de su experiencia. 

Es la historia que se repite una y otra vez entre Oriente y Occidente y que encarna en esta obra nuestro personaje Núñez frente a los ciegos: el hecho de creer que todo lo que no conocemos es exótico y salvaje provoca la creación involuntaria de estereotipos. Su supervivencia en el tiempo los convierte en estigmas que todos de manera inconsciente incluimos en nuestro imaginario. Núñez considera que su mundo es el centro y que los ciegos son la periferia que necesitan de un líder para organizarse. José María Ridao en su obra La paz sin excusa, expresa el porqué de este fenómeno

Mientras que los ritos y costumbres de quien narra la Historia aparecen como resultado directo de la razón, los ajenos, los de los excluidos de la corriente principal del relato, adquieren un repentino aire de exotismo”, que “no se encuentra muchas veces en la realidad, sino en la mirada del observador”, origen de “la paradoja en la que suelen incurrir quienes – escritores, viajeros, antropólogos – describen al bárbaro, al infiel, al salvaje, al subdesarrollado: imaginando que muestran seres con hábitos de extrema rareza y singularidad, no hacen sino representar siempre lo mismo, de manera que el perfil del bárbaro es idéntico al del infiel, y el del infiel, por su parte, al del salvaje, y el del salvaje, en fin, al del subdesarrollado, aunque medien siglos enteros entre unas figuras y otras”[1]

La historia tiende a sesgar la realidad, a contarla desde el punto de vista que nos concierne de manera directa, ocultando el resto, aislando a los pueblos y a las culturas que se alejan, que “recaen en el espacio de la barbarie. Las sociedades bárbaras, por cuanto en ellas no reconocemos la transitividad efectiva de sus procesos culturales, permanecen fuera del tiempo histórico”[2].

Sin embargo, la resistencia de un pueblo unido por su rasgo más característico, su ceguera, le convierte en vencedor y no en vencido. Porque, en el país de los ciegos, el tuerto ya no es el Rey: el líder deja de ser aquel que se encuentra en una situación ventajosa no porque posea atributos cualitativos propios, sino por las limitaciones de los demás, de los que el soberano considera débiles. Núñez se caracteriza por su mediocridad, pero considera que poseer algo que el resto no podrá alcanzar nunca le otorga el poder de dominar su nuevo país. Los ciegos son capaces de revertir la situación y de convertir al estigmatizador en estigmatizado, al aspirante a rey en esclavo. Los habitantes del país de los ciegos demostraron que habían desarrollado otros sentidos y no necesitaban la vista ni deseaban poseerla. 

El estigma se convierte en regreso y en prejuicio, provocando la involución de la sociedad, que infunde miedo en el estigmatizado y rechazo en el estigmatizador. Tanto Núñez como los ciegos basan su rehúso en la discriminación para no acercar posturas porque es más sencillo imponer una visión que incorporar perspectivas nuevas a nuestro discurso.

El estigma se encuentra explícito en situaciones tan cotidianas como en el repudio a personas que padecen enfermedades mentales y, de manera más concreta, pacientes diagnosticados de SIDA. Datos como los ofrecidos por la Fundación y Prevención de SIDA en España o la Encuesta de Salud y Hábitos sexuales reflejan que todavía perduran situaciones desagradables para los pacientes de SIDA en su día a día y recalcan que “el estigma y la discriminación de las personas que viven con VIH/Sida es ante todo y principalmente, un problema de vulneración de derechos humanos”[3]. El estigma genera desigualdades sociales, distanciando a quien necesita ayuda de la solución y escondiendo sus problemas a una sociedad que juzga y aísla cualquier ápice de anomalía.

Todos tenemos prejuicios y todos, de vez en cuando, estigmatizamos de manera inconsciente. El problema llega cuando se convierte en un hábito común. Núñez y los habitantes del país de los ciegos compartían un mismo espacio, pero no fundieron sus ideas ni costumbres. Ambos vivían una misma realidad, pero nunca intentaron intercambiar sus papeles. 

Cuando decidimos afrontar las diferencias en lugar de mirar para otro lado, conseguimos una visión global de lo que nos rodea y, por tanto, mucho más fiel a lo auténtico. Pero, de manera habitual, optamos por la vía fácil, aquella que no intenta derribar fronteras para conocer qué hay más allá. El mundo es un conjuntos de realidades entremezcladas que nos hemos empeñado en segregar y en distanciar y parece que, por desgracia, lo estamos consiguiendo.

BIBLIOGRAFÍA

MONTOBBIO, Manuel, “De Oriente, al orientalismo y Edward Said”, disponible en https://blogs.elpais.com/ideas-subyacentes/2013/07/de-oriente-el-orientalismo-y-edward-said.htmlblogs.elpais.com,03/07/2013,  consultado el 14/11/2019.

FILOSOFÍA.ORG, “BARBARIE/CIVILIZACIÓN”, disponible en http://www.filosofia.org/filomat/df242.htm, consultado el 15/11/2019.

ASOCIACIÓNT4, “Estigma y discriminación”, disponible en  http://www.asociaciont4.org/work/prueba/, en asociaciónt4.org, consultado el 16/11/2019.


[1] Ridao en MONTOBBIO, Manuel, “De Oriente, al orientalismo y Edward Said”, disponible en https://blogs.elpais.com/ideas-subyacentes/2013/07/de-oriente-el-orientalismo-y-edward-said.html, blogs.elpais.com,03/07/2013,  consultado el 14/11/2019.

[2] FILOSOFÍA.ORG, “BARBARIE/CIVILIZACIÓN”, disponible en http://www.filosofia.org/filomat/df242.htm, consultado el 15/11/2019.

[3] ASOCIACIÓNT4, “Estigma y discriminación”, en asociaciónt4.org, disponible en  http://www.asociaciont4.org/work/prueba/, consultado el 16/11/2019.

NOSOTROS: EL BENEFACTOR QUE SE ALIMENTA DE ALMAS

¿Qué sucedería en un mundo en el que las personas carecieran de alma? Un lugar en el que ni siquiera supiéramos qué es aquello que nos hace sentir que estamos vivos, qué nos provoca felicidad, tristeza, miedo, ira… en Nosotros, el alma es un “mal incurable”, “una palabra remotísima, casi olvidada”. En la novela publicada en 1921, para el poder duro ejercido por el benefactor que controlaba a los habitantes en la ciudad de cristal, el alma era “una epidemia; que, para erradicarla, se tendría que extirpar la imaginación a todo el mundo”[1]. Parece distópico, ¿verdad? Entonces, nos acordamos de la existencia del algoritmo en nuestros días, y todo cambia.

Asistimos de esta forma a la construcción de un Estado racional, fácil de controlar a través de la cuantificación, del número, de un proceso mecánico carente de reflexión y sentimiento. La obra maestra de Zamiatin, refleja la vida de un mundo en el que el benefactor busca seres sumisos, cifrados y obedientes. Para ello utiliza el arma de control más poderosa: la ausencia de privacidad. ¿Y a nosotros? ¿Nos controlan? ¿Cómo lo hacen?

Imaginemos que nuestras casas son enormes burbujas fabricadas con paredes de cristal: la transparencia sería el único adorno de nuestros hogares y el alma desnuda nos acompañaría constantemente (eso en el mejor de los casos, pues en Nosotros el alma es un privilegio que pocos descubren). El problema es que ya no necesitamos cambiar las estructuras con la llegada del paradigma de las TICs en la modernidad líquida de la que hablaba Zygmunt Bauman; simplemente modificamos nuestra forma de vivir, permitiendo a diversos dispositivos que descubran cómo somos en un breve período de tiempo y de manera sutil.

Es en la sociedad líquida donde gana constancia la flexibilidad, la idea de que “no estés comprometido con nada para siempre, sino listo para cambiar la sintonía, la mente, en cualquier momento en el que sea requerido”[2]. Bajo este arquetipo abanderado de la libertad, creemos que somos capaces de moldear nuestra vida y nuestra personalidad, de mostrar al mundo solo aquello que queremos que se sepa y ocultar lo demás; pero no es así. 

Desde la reciente llegada de los altavoces (o en su defecto grabadoras) inteligentes, convivimos con un extraño (o con millones) las veinticuatro horas del día sin darnos cuenta. Estos dispositivos los adquieren los consumidores para tener en casa un agente personal que haga su vida más “sencilla”, con el inconveniente de que todas y cada una de tus conversaciones se almacenen en una plataforma conectada a la red. Las paredes de cristal son innecesarias, basta con un diminuto aparato que funciona día y noche sin descanso y que conoce qué vas a comer hoy, cuánto dinero tienes en tu cuenta bancaria, cuánto tiempo pasas en el trabajo… 

¿Qué sucede cuando salimos fuera de casa? ¿Quién nos controla cuando Alexa, Cortana o Google Assistant no siguen nuestro rastro? Podríamos pensar que estamos salvados, que la libertad llega cuando salimos a la calle y nos convertimos en un número más, en un transeúnte anónimo. Pero, no, nos volvemos a equivocar: es cierto que no existe un sistema de control como el elaborado por el benefactor, que mida cada una de nuestras acciones para curarnos de un mal casi irreparable: el alma, la dicha de querer ser libre. En ese sentido, no estamos sometidos a una vigilancia tan férrea. La cuestión es que olvidamos que nuestro smartphone parece haberse incrustado en el bolsillo, y lo que es peor, habilitamos el control exhaustivo, la ausencia de intimidad, cada vez que aceptamos una política de privacidadsin haber leído las condiciones, cada vez que pagamos a través de la red, cada vez que dejamos nuestra huella digitalen la página del partido político que pensamos votar en los próximos comicios. 

Nos prometen mejorar el sistema (en Nosotros, el funcionamiento de la sociedad; en nuestros días, la eficiencia de los dispositivos), cuando lo cierto es que las leyes son tan opacas, tan ambiguas, que somos incapaces de saber quién acabará utilizando nuestra voz para obtener beneficio. De hecho, recientemente en España, se ha modificado la Ley Orgánica de Régimen Electoral General (LOREG, encargada de regir el funcionamiento de las elecciones en España), habilitando a los partidos políticos a utilizar datos personales en páginas web y enviar de manera individualizada propaganda a través de la red a los usuarios. El votante no deja de ser un número más, pues su candidato no se preocupa de lo que necesita el pueblo: simplemente, existen algoritmos que recrean perfiles de los consumidores (que no ciudadanos), recopilando datos y movimientos a través de la trazabilidad de los usuarios para determinar incluso nuestros estado anímico según la última publicación realizada en las redes sociales. 

El Yo deja de ser el motor de la sociedad, para convertirse en un Nosotros, en una masa indiferenciada que sigue al benefactor capaz de controlarlo todo. Las redes sociales, el fitbit que cuenta tus pasos y las calorías que quemas cada minutoe incluso las aplicaciones que miden la profundidad del sueño recolectan información para cuantificar a las personas, para crear un perfil casi secreto, de difícil acceso, utilizado por aquellos que tienen el poder. 

Por tanto, contraponemos el poder duro expresado por el benefactor en Nosotros,encargado de crear una sociedad basada en la vigilancia y en la ausencia de privacidad, con el poder blando de las grande empresas económicas que mueven el mundo (en definitiva, el llamado imperio GAFAM). 

Nos hemos convertido en proletarios digitales al servicio de los algoritmos y de las redes sociales creados en Silicon Valley. Pero que no nos engañen: la inteligencia artificial no existe, aunque lo que esconde es mucho peor, pues detrás de ella solo hay seres humanos que desean controlar al resto. La “rehumanización” de la sociedad es la única vía posible para emanciparnos del poder tecnológico; aunque, si tomamos como referencia el desenlace final de Nosotros,no tenemos nada que hacer.

BIBLIOGRAFÍA

BARRANCO, Justo, “Pero, ¿qué es la modernidad líquida?”, en lavanguardia.com, 09/01/2017, disponible en https://www.lavanguardia.com/cultura/20170109/413213624617/modernidad-liquida-zygmunt-bauman.html, consultado el 22/04/2019.

CARBAJOSA, Ana, “Silicon Valley y las redes sociales son unos grandes criminales”, entrevista a Markus Gabriel, en elpais.com, 01/05/2019, disponible en https://elpais.com/cultura/2019/04/17/actualidad/1555516749_100561.html, consultado el 09/05/2019.

GALDON, CLAVELL, Gemma, “Los partidos quieren tus datos”, en elpais.com, 24/03/2019, disponible en https://elpais.com/elpais/2019/03/22/ideas/1553277431_155614.html, consultado el 25/04/2019.

GONZÁLEZ GIL, Luis Jaime, “El yo cuantificado”, en antropomedia.com, 27/03/2015, disponible en https://www.antropomedia.com/2015/03/27/quantified-self-el-yo-cuantificado/, consultado el 1/05/2019.

RUBIO, Isabel “” Siri, ¿hay alguien ahí?”: quién escucha las conversaciones que los usuarios mantienen con los asistentes”, en elpais.com, 28/04/2019, disponible en https://elpais.com/tecnologia/2019/04/23/actualidad/1556010542_905984.html, consultado el 30/04/2019.

SÁNCHEZ-SILVA, Isabel, “Apague el móvil antes de volverse adicto a su jefe”, en elpais.com, 27/04/2019, disponible en https://elpais.com/economia/2019/04/25/actualidad/1556213338_844400.html, consultado el 2/05/2019.

ZAMIATIN, YEVGUENI, Nosotros, trad. Alejandro Ariel González, Madrid, Hermida Editores S.L., 2016.


[1]Yevgueni Zamiatin, Nosotros, trad. Alejandro Ariel González, Madrid, Hermida Editores S.L., 2016, pág.69.

[2]Justo Barranco, “Pero, ¿qué es la modernidad líquida?”, en lavanguardia.com, 09/01/2017, disponible enhttps://www.lavanguardia.com/cultura/20170109/413213624617/modernidad-liquida-zygmunt-bauman.html, consultado el 28/04/2019.

“SOLO SE VE BIEN CON EL CORAZÓN. LO ESENCIAL ES INVISIBLE A LOS OJOS”

Todos hemos escuchado alguna vez aquello de “Ya lo entenderás cuando seas mayor”, y todos, en ese preciso instante, hemos querido crecer de golpe para saber de qué estaban hablando nuestros mayores, las personas adultas de nuestro entorno.

El tiempo pasa, y el niño que amaba jugar, incapaz de conocer las respuestas de las preguntas que formula, se va convirtiendo poco a poco en un adolescente que empieza a preocuparse por otros asuntos: crearse un perfil en Instagram, lograr 200 retweets o tener más de 1000 amigos en Facebook. La inocencia del niño se transforma en vanidad, en desesperación por conseguir más “me gustas” que ningún compañero de clase. Después, el joven egocéntrico llega a la última etapa, la más peligrosa, en la que sustituimos nuestro smartphone por una mochila enorme que contiene facturas, problemas, trabajo, cansancio… Nos transformamos en “adultos ocupados y tristes” que necesitan llevar traje y corbata para ser escuchados, capaces de acceder a las respuestas, pero ignorando su significado. De esto, y de muchas cosas más, trata Lo esencial, una recreación inspirada en la más que conocida obra de Antoine de Saint-Exupéry: El Principito. 

Su autor, Juan José Alfaro Olmedilla, ha conseguido transportar al público a un mundo paralelo cargado de valores que debemos recuperar, dejando atrás la monotonía de la vida de la que habla Fox, que le impide tener tiempo para jugar. Para ello, Lo esencial narra la historia de Prince, un niño que aterriza en el planeta Tierra con la ayuda de su abuelo. Su misión es la de entender por qué los niños no tienen tiempo para jugar, por qué el teléfono móvil nos transporta a mundos virtuales que absorben gran parte de nuestro tiempo y por qué los adultos viven arrastrando una cartera que supone un lastre para su felicidad.

Pero, ¿cuál es el motivo por el que un niño puede jugar y divertirse y un adulto no? Ya lo decía el abuelo de Prince: los niños son expertos en “no perder nunca la capacidad de sorprenderse”. Los niños juegan, viven, disfrutan de cada momento. Los adultos, sin embargo, solo piensan en un futuro ajetreado y oscuro, en el que la palabra “hipoteca” parece ser las más horripilante historia de terror. 

“Nunca se es un príncipe, pero sí un principito”: nunca volveremos a nuestra infancia, pero, ¿y si intentamos recuperar al niño que llevamos dentro? ¿Y si soltamos la mochila, el teléfono, las bolsas y las preocupaciones y recuperamos la curiosidad por aquello que nos rodea? Desear ser un niño de nuevo no implica ser infantil, sino, más bien, recuperar la esencia que un día tuvimos y que se ha desvanecido con el tiempo. Ser niño significa ser capaz de visualizar al cordero dentro de la caja, de imaginarlo, de “ver bien con el corazón, pues lo esencial es invisible para los ojos”.

Querido Juanjo: una vez más, has conquistado el corazón de los espectadores, has puesto en marcha otra obra de teatro, esta vez, de una manera especial. Lo esencialno es una representación cualquiera, sino una fábula de la que todos deberíamos aprender, o, al menos, reflexionar. Gracias por dar rienda suelta a tu imaginación una vez más, por cargar tus composiciones de afecto y de significado y por transmitir valores que todos olvidamos y que debemos recordar de vez en cuando.

Lo esencial ha conseguido que todos queramos corretear de una lado para otro con Rosa, que nos cuestionemos por qué debemos obedecer a figuras que poseen un poder abstracto, como es el caso del Presidente. Pero también nos ha ayudado a despojarnos de las bolsas y maletines que llevamos a cuestas a diario, para ponernos a bailar con la madre de Fox, que vivía encorsetada en sus quehaceres, y a conseguir que la adolescencia vanidosa y materialista contemple el mundo con ilusión, con el deseo de desprenderse de su identidad virtual.

Desde hoy en adelante, intentemos buscar lo esencial, aquello que no podemos ver, pero sí logramos sentir. 

Por último, no me puedo marchar sin mencionar al excelente elenco de actores que un año más Juanjo ha convertido en sus “ángeles”, como a él le gusta llamarlos:

Lukas Palaciosda vida a PRINCE, el protagonista de esta historia, la “esencia”, la pureza, la curiosidad, la fuerza y el coraje en escena.

Sergio Martínezrepresenta a FOX, el niño que quiere jugar, que desea crear lazos para que tú seas único para mí y yo para ti. Inocente y bondadoso. Su versatilidad le ha llevado a interpretar a un segundo personaje: el PRESIDENTE, la autoridad que nos oprime y nos controla.

Inés Belmar es la MADRE de FOX. Su vida es tan atareada que no tiene opción de reflexionar, de “soltarse la melena”, hasta el final de la obra, cuando consigue desligarse de sus preocupaciones para bailar, jugar y divertirse.

Nerea López encarna a ROSA, la niña que corre y corre en busca de juegos y aventuras. Su inocencia y dulzura nos transportan a nuestra niñez, a nuestros primeros recuerdos donde el teléfono móvil carecía de relevancia vital. La ausencia de preocupaciones libera a ROSA, que consigue su objetivo, pues todo el mundo acaba jugando.

Juan José Alfaro interpreta al ABUELO, la voz de la conciencia, símbolo de experiencia y sabiduría. Sus reflexiones ayudan a PRINCE a completar su misión en el planeta Tierra. Él también logra ser niño de nuevo, con la intervención al final de Daniel Sánchez.

Soledad Iglesias, Adriana Guijarro, Elena Ramírez y Beatriz Feherson las NIÑAS VANIDOSAS, conectadas permanentemente a las pantallas de sus teléfonos. Finalmente, la vanidad se disipa en favor del entretenimiento.

Hao Ye, Alonso Pastor, Antonio Real, Hugo Noheda, Daniel Sánchez, Mohamed Riyahi, Marouan Benktib y Daniel Moset son los HOMBRES GRISES: los números, las facturas y el trabajo les importunan constantemente. Han perdido “lo esencial”: las ganas de diversión.

Juan José Alfaro, siempre es un honor asistir a tus obras. Mi más sincera enhorabuena. Nos vemos en la próxima.

1984: ¿DISTOPÍA O REALIDAD ACTUAL?

    El que controla el pasado controla el futuro, y el que controla el presente controla el pasado. Parece una paradoja, pero, si pensamos, tiene sentido. Este es uno de los pilares en los que se basa la novela 1984y que Santiago Torraba, profesor de la UCLM y fotógrafo profesional, vincula con nuestra realidad actual.En 1984, borraban toda referencia al pasado para poder controlarlo todo; ahora, nos “bombardean” con datos que suponen una verdadera “desinformación”, una privación del pensamiento crítico para desviar nuestra atención de lo verdaderamente importante, para borrarnos la memoria y, así, seguir controlándonos. Pero, ¿quién nos controla? ¿Quién tiene el poder? 

Ya lo decía Orwell: “Ver lo que está delante de nuestros ojos requiere un esfuerzo constante”. No es que no sepamos que los poseedores de la información -actualmente, las grandes empresas de comunicación, que son el “nuevo” hermano mayor- nos controlan y nos manipulan, sino que, simplemente, preferimos no reflexionar sobre ello, mirar para otro lado. El problema es que hemos entrado en un túnel sin salida: somos manejables, débiles, adictos a los dispositivos electrónicos… Digamos que los planes de los poderosos están saliendo a la perfección: las redes sociales (el verdadero Gran Hermano disfrazado que nos esclaviza) nos ocupan más tiempo que el dedicado a la lectura en nuestro día a día y el uso individual de internet y del smartphone está creando una sociedad deshumanizada que solo se preocupa por acumular bienes materiales. En definitiva, nos hemos convertido en simples compradores para las empresas, para las que no somos personas, sino números, “camaradas” sin identidad propia. 

Orwell, efectivamente, predijo el futuro, aunque se equivocó en un matiz: la rebeldía de unos pocos no es suficiente y el vencedor sigue siendo el poderoso, pero, en este caso, no es el comunismo sino el consumismo. Este no tiene una semana del odio, pero, como Torraba explica, lo ensalzamos en el más que conocido Black Friday. Lo curioso es que yo, que escribo y critico estos aspectos de nuestra realidad, soy la primera que participa en este engaño y que deja que un gigante abstracto y desconocido mueva mis hilos. Aquí radica el problema: consideramos cotidianas conductas que no deberían serlo y ni las cuestionamos.

No soy contraria a todo avance tecnológico ni mucho menos, pero hay que destacar, parafraseando a Giovanni Sartori, que todo desarrollo no se traduce en progreso, en beneficio para la sociedad. 

Lo que planteo, coincidiendo con Torraba y Juan Bonilla, es que las nuevas tecnologías provocan la involución del ser humano. Internet (creada con fines militares para conseguir controlar al enemigo) llegó con el desarrollo de la informática: la acumulación de datos que hasta hace unos años se consideraban  “privados”, el acceso que tienen a ellos las grandes empresas y las llamadas “cookies” nos privan de toda libertad y seguridad -no hay más que recordar la escandalosa venta de datos de Facebook- cuando era lo que, en un principio, nos prometían al tener acceso a una ilimitada cantidad de información. Lo que no nos dijeron es que, a cambio, teníamos que “ceder voluntariamente” nuestros datos más personales, sin necesidad de que un Gran Hermano (con televisión propia para espectacularizar sus logros) nos obligue a desnudar nuestra alma, nuestro yo interno; aunque ya se encargan de ello las redes sociales, las multinacionales y los grandes sistemas tecnológicos de espionaje. La diferencia es que en 1984 el Gran Hermano no contaba con una red de redes para difundir que dos más dos ya no son cuatro, sino cinco. Ahora, utilizan otros medios para convencer de que las fake newsno son falacias, sino reflejos de la realidad -distorsionada a los ojos de unos cuantos “locos” que, como Winston, van contracorriente, sin importarles el castigo que puedan recibir-.

En relación con lo anterior,1984 sigue también presente en la actualidad debido a un nuevo debate que ha surgido en los últimos años y sobre el que no existe una postura acertada y otra incorrecta, sino que las dos son ambiguas: es lo que ocurre cuando hablamos sobre la mayor importancia de la seguridad o de la libertad. Es inevitable pensar que las nuevas tecnologías pueden llegar a encontrar el equilibrio entre ambas. El conflicto viene porque el desarrollo tecnológico ha sobrepasado los límites, tal como afirman Armand Mattelart y André Vitalis en su obra De Orwell al cibercontrol: “…El cambio de las últimas décadas vino de la mano de la informática y las redes sociales. Por un lado, la informática permite procesar, clasificar y rescatar –en muy breve tiempo– una enorme cantidad de datos. En segundo lugar, el acceso a la informática le abre al tema un costado comercial”[1].El conflicto no es entre el derecho a la seguridad y el derecho a la libertad, sino entre el interés económico (que se preocupa por el beneficio de unos pocos) y el social, el que se inquieta por la privacidad del individuo.

La comunicación también se ve afectada en nuestro días: debido a la llegada del lenguaje universal que caracteriza a internet, la comunicación se basa ahora en la reducción y la neolengua de Orwell no es tan excepcional como creemos: los 280 caracteres de twitter, los “ok” y los stickersde WhatsApp, la prevalencia de la imagen sobre el texto de Instagram… nos “ayudan” a comunicarnos empleando el menor número de palabras posibles y, por tanto, a pensar menos. 

Pero, ¿por qué surge de nuevo un interés por las novelas distópicas? Elia Barceló[2]nos da la clave: “el interés por las distopías aumenta en épocas en las que sentimos que no avanzamos en la dirección correcta (…)es un signo de malestar sociopolítico, de un nuevo interés por la reflexión y de un miedo justificado”[3].Por lo tanto, la victoria de Donald Trump en 2017 y el incremento de las ventas de 1984 (sobre todo después de que la consejera de comunicación de Trump utilizara los mismos términos –“hechos alternativos” – que Orwell plasmó en su novela 30 años antes) no es una casualidad.

Por último, considero que Santiago Torraba estaba en lo cierto: la distopía vuelve con más fuerza que nunca, nuestra vida privada deja de serlo cuando nos creamos un perfil en twitter y el Gran Hermano existe. El problema es que muchos siguen pensando que es un programa de televisión. Es trabajo de todos cambiar esta visión tan simplificada de la realidad, sin embargo, solo unos pocos reflexionan sobre ello. Yo, a partir de hoy, me uno a ellos.


[1]Mattelart y Vitalis, “cómo internet nos roba la privacidad”, disponible en https://www.elpais.com.uy/cultural/internet-robo-privacidad.html, consultado el 23/02/2019.

[2]escritora que ha participado en la antología distópica, Mañana todavía, con “2084. Después de la revolución”.

[3]Daniel Arjona, “A la sombra del futuro”, disponible en https://www.elcultural.com/revista/letras/A-la-sombra-del-futuro/34891, consultado el 10/02/2019.

BIBLIOGRAFÍA

ARJONA, Daniel, “A la sombra del futuro”, en elcultural.com, 27/06/2014,https://www.elcultural.com/revista/letras/A-la-sombra-del-futuro/34891, consultado el 10/02/2019.

BONILLA, Juan, “1984, treinta años después, la vigencia de Orwell estremece”, en elcultural.com, 14/02/2014, https://www.elcultural.com/revista/letras/1984/34141, consultado el 12/02/2019.

EL PAÍS, “Cómo internet nos robó la privacidad”, en elpais.com.uy, 19/02/2016,https://www.elpais.com.uy/cultural/internet-robo-privacidad.html, consultado el 20/02/2019.

EL PERIÓDICO, “Trump y sus “hechos alternativos” disparan las ventas del libro “1984” de Orwell”, en elperiodico.com, 26/01/2017, en elperiodico.com, https://www.elperiodico.com/es/internacional/20170126/trump-y-sus-hechos-alternativos-disparan-las-ventas-del-libro-1984-de-orwell-5767291, consultado el 15/02/2019.

HERNÁNDEZ, Andrés Felipe, “La pesadilla de 1984 es hoy una realidad”, en razonpublica.com, 10/03/2014, https://www.razonpublica.com/index.php/cultura/7415-la-pesadilla-de-1984-es-hoy-una-realidad, consultado el 07/02/2019.

MATTELART, Armand y VITALIS, André, “Cómo internet nos robó la privacidad”, 19/02/2016, en clarín.com, https://www.elpais.com.uy/cultural/internet-robo-privacidad.html, consultado el 23/02/2019.

ORWELL, George,1984, Barcelona, EDICIONES DESTINO, trad. Rafael Vázquez Mora, primera edición, 1952.

ROJAS, Néstor, “Novela distópica para entender el mundo actual”, en procrastinafacil.com, https://procrastinafacil.com/1984-novela-distopica/, consultado el 07/02/2019.

SARTORI, Giovanni, Homo videns,Barcelona, DEBOLSILLO, 2018.

TORRALBA, Santiago (enero, 2019), Nosotros, “Un mundo feliz” y “1984”. Distopías, información y poder,conferencia en la RACAL, Cuenca.

Escribo para expresarme

Me llamo Laura y soy estudiante de Periodismo en la facultad de Comunicación de la UCLM.

Hace escasos meses que empecé a escribir y mi objetivo es el de poder mejorar cada día para transmitir con palabras lo que mi voz es incapaz de expresar. Por ello, he decidido crear este blog, para seguir persiguiendo retos.

Con lo que escribo, no pretendo convencer ni persuadir a nadie, sino progresar como periodista y adquirir un punto de vista crítico con el mundo que nos rodea y nos preocupa a todos.

Ya lo decía Ryszard Kapuscinski: cada libro es, para el autor, una pequeña derrota, porque nunca podrá expresar lo que piensa de la manera que quiere. Mis textos estarán plagados de pequeñas derrotas, pero espero que los disfrutéis, que los leáis y que os ayuden a reflexionar y a entenderme un poco mejor.